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Alvaro Giménez Ledo (@videoblogdelresidente)

Residente de Enfermería Familiar y Comunitaria

 


Martes por la tarde, hoy nieva en Barcelona. Sandra juega con su niña, Candela, de 5 añitos recién cumplidos.  Están en casa, en el salón. Calefacción puesta y puertas cerradas; un pequeño bunker donde tener ese momento del día que le da la vida a Sandra. Viven en un edificio de 8 plantas, sencillo con paredes de papel, de las que escuchas la música, la tele o la diversión del vecino a cualquier hora del día.

Como cada mañana, Sandra se levanta a las siete. Prepara desayunos;  tostadas y café para él, leche con cereales para la pequeña.  Deja los almuerzos listos y rumbo al cole. Allí la deja y la abraza. Un abrazo fuerte, sentido, y le susurra que la quiere.

Vuelta a casa -hace frio-.

Se sienta en el sofá, sale y camina. Sin rumbo…Misma ruta de siempre, mismos ocho mil pasos que recomienda la OMS para sentir que tiene una vida saludable, se cruza con los mismos abuelos de siempre, cogidos de la mano con sus miradas perdidas luchando por llegar a sus cuatro mil pasos no medidos.

Vuelta a casa, se dirige a la ducha y se desnuda, no se mira en el espejo como cada día y entra bajo el agua. Llora, no puede más. La llama Rita, su madre para saber que tal está. Las madres lo saben todo. Sandra finge una vez más que todo va bien, le cuenta que ha hecho por la mañana adornada de todo lo que le gustaría hacer, por si cuela.

Volvemos al bunker (son las siete y media de la tarde-noche), hoy toca jugar al escondite. Mamá cuenta y Candela huye. Hay conexión entre ellas, se nota en la forma que se miran, hay una luz que no sabría explicar. Siempre gana la pequeña, es lo que toca ahora. Mamá sabe que algún día puede perder.

Son las ocho de la tarde, suenan las llaves, llega Adrián. Cansado y serio de más. Hoy ha perdido el Real Madrid y eso se paga caro. En cuestión de minutos el salón-bunker apesta a mezcla de destilados, esta vez ha sido más que unas cervezas en el bar después de trabajar. No tarda en levantar la voz y el juego cambia de roles, Papá cuenta y mamá huye. Candela sigue jugando a este juego, pero de otra manera, del lado de las que siempre pierden.

Candela se bloquea, no se mueve. A penas respira y escucha. Es pequeña para saber qué siente, pero siente miedo y culpa a partes iguales. Escucha ruido y gritos, como los de siempre. Las paredes del edificio parece que se vuelven de cemento armado y que ningún vecino está ahí. Hay una ley no escrita de que todo lo que pase de puertas hacia adentro en una casa, no es asunto nuestro.

Se acabó el ruido. Papá baja y se marcha. Mamá no. Papa vuelve, coge a la pequeña y se la lleva. Hoy duerme con los abuelos.

El reloj marca las nueve. La última hora en urgencias siempre es eterna cuando no hay trabajo o cuando tu estómago ruge, no tienes la cena preparada y tienes que pensar que hacer con lo que haya por la nevera. Por suerte para mí, esta noche me espera cena en algún rincón de Barcelona.

Actualizo pantalla y veo que hay una mujer con etiqueta de “ataque de ansiedad, dolor en el pecho”; la hago pasar, Box de observación C

-Me quiero morir- me susurra con un hilo de voz, mientras la acompaño al espacio donde nos podamos acomodar.

Le ofrezco tumbarse en la camilla y le bajo la luz. Está totalmente bloqueada, con los ojos agotados de llorar y la mirada perdida. Creo que es mejor dejarla un momento aquí, a salvo. Algo me dice que su electrocardiograma saldrá perfecto aunque su corazón parece destrozado.

-¿Cómo te llamas?- Le pregunto, a sabiendas de que se llama Sandra y que tiene 38 años.

-Sandra-

-Vale, yo soy Álvaro, para lo que pueda ayudarte-

Acabo de pensar cien frases diferentes que decir y que no decir en este momento. Me siento un poco bloqueado yo también, creo que es momento de no pensar en mi discurso y acompañarla.

Voy a dejar estos sentimientos para reflexionarlos después, cuando cuelgue la bata; dudo que Sandra haya venido aquí a escucharme a mí. En cualquier caso, soy experto en acertar con las frases oportunas cuando ha pasado todo. Cuando ya es tarde.

(No responde)

(Respeto su silencio, inmóvil)

Sandra llora, con vergüenza pero sin control. Se incorpora en la camilla y sigue llorando, se cubre la cara con las manos. Me acerco y me siento a sus pies.

Me cuenta su historia de hoy, narrada como la tengo redactada y adornada a mi manera al comienzo del relato. Me limito a escuchar y callar.

Se siente perdida, sin rumbo y con miedo. Todo ello combinado con culpa e inseguridad por el futuro de su hija en primer lugar y el suyo propio en el segundo. Necesita ayuda pero el sistema no está preparado para ella. Hoy no ha habido violencia física pero ha sufrido una paliza a la autoestima personal. Me quedo con un sabor agridulce de conocer la punta del iceberg que acompaña a Sandra cada día.

-Gracias, Alvaro-. Me mira con luz en la mirada.

-Gracias a ti, por contarme y contarte esta situación-. Seguimos conversando durante un rato más. Me habla de las amenazas que sufre cada día y de la soledad que la acompaña desde hace un tiempo prudencial; hoy ha venido porque quiere cambiar y no sabe cómo, tampoco quiere que nadie le resuelva nada. No quiere perder el control de su situación. Ambos llegamos a la conclusión de que no podrá cargar sola con esto y le informo de los recursos comunitarios que hay a su disposición, por si los necesita. La observo en ese equilibrio inestable entre intentarlo sola o hacer cómplice a algún ser querido con quien dividir esta carga.

ECG y constantes vitales dentro de la normalidad de esta situación. Le explico que no administraremos ninguna medicación puntual a este momento y hacemos unos ejercicios de relajación; sencillos, de concentrarnos en la respiración. Sobre como entra y sale el aire por nuestros pulmones y ya. Improviso un par de ejercicios más de focalizar la atención en diferentes partes del cuerpo manteniendo la respiración y otro ejercicio que aprendí en un trabajo grupal con enfermerxs residentes. Todo esto nos lleva 3-5 minutos, hasta que llega la médico para su valoración. Salgo y la dejo a solas, explicaré a la compañera un poco el caso.

-Te gustaría que avisemos a alguien?- Le dejo caer antes de cerrar nuestra visita.

-A mi madre-.

Reflexión

Con este breve relato he intentado sacar un tema sobre la mesa de los que me preocupan. Una historia que se repite más de lo que pensamos y donde muchas veces acuden al ambulatorio cuando todavía estamos a tiempo de actuar; pero pasa desapercibido o es invisible.

Decía que me preocupa porque es un tema difícil de abordar para los que somos profesionales. Un problema de salud pública y privada en la cual hace falta mucha formación e información sobre los recursos que existen en la comunidad, sobre lo que decir y lo que no. En el afrontamiento de esta problemática importa tu lenguaje verbal y juega un papel principal el no verbal; porque hay que escuchar más que hablar; donde es importante ver y observar sin (pre)juzgar.

Yo personalmente me he cruzado de manera improvisada con varios casos; en urgencias y en consulta. Creo que lo importante es poder generar confianza en la persona para que exprese e identificar el papel que quiere que juguemos nosotros en su historia.

¿Qué hacemos con este caso?

El relato llega hasta aquí y no he vuelto a cruzarme con ella. Parece que desde urgencias apagamos uno de los fuegos pero el incendio sigue cuando sale por la puerta. Y me preocupa, porque no conozco que tipo de canal podríamos utilizar para que este caso tenga continuidad y no acabe perdido en su historia clínica.

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Un comentario sobre “LAS INVISIBLES

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